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Corpus

  • Foto del escritor: dulcecalderon
    dulcecalderon
  • 22 nov 2023
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 24 nov 2023

Dice Rita Segato que la carne femenina se concibió como territorio a conquistar, un "botín de guerra" destinado al uso masculino, que en nuestra carne se ha plasmado una pedagogía de terror, un entrenamiento para el autosilenciamiento.

 

Nuestros cuerpos son testarudos. Nuestra condición humana se encorsetó a la capacidad de parir, amamantar, satisfacer. Explica Federici que en ellos, en nuestros cuerpos se aloja una memoria ancestral de lucha que nos conecta con brujas y matronas y abuelas, sobre todo abuelas. Y que mágico pensar que en mi cuerpo habitan las mujeres que he amado.

 

Por siglos, portamos el estandarte de "lo otro", porque mientras los griegos afirmaban con la mano en la cintura que las mujeres eran "varones mutilados", del otro lado del Aleph mujeres escribían en "cuartos propios" y demandaban que "la mujer no se reclama como mujer sino como ser humano". Y nuestra humanidad es ruidosa.


Todo aquello que el hombre no era ni quería ser, lo éramos nosotras: el cuerpo inútil, el cuerpo impuro, lleno de culpa y pecado, hiperemotivo, débil para la razón y la cultura, llamándonos "funciones de hembra" a todo aquello que salía de sus parámetros falocentricos. Y así se aprendió el silencio.

 

Desde la infancia, voz y voluntad se fracturaron, dice Rosario Castellanos, se nos enseñó a confundir ira con histeria. Desarrollamos una intimidad secreta con la opresión, normalizamos el sabernos desechables. Interiorizamos el asco hacia nuestra sangre, la vergüenza de intuir y desear más allá del límite de lo permitido.


Cuando Judith Butler explica el dolor como una lengua extranjera, difícil o imposible de comprender, pienso que habitar un cuerpo negado es una herida abierta que duele al roce, que está y estará, porque se habita la carne estigmatizada.





 
 
 

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