Puto el que lo lea
- dulcecalderon

- 30 oct 2022
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 9 nov 2022
Hace unas semanas leí esta frase: “un niño que va aprender el alfabeto para escribir puto mejor que ni aprenda”... era la historia de un niño que genuinamente escribía puto en cualquier espacio que veía disponible en las paredes o mesas de su escuela, se le complicaba el a e i o u, pero escribía puto con la misma fluidez con la que Bolaño habla de su vida al llegar a México.
Se afirmaba que el niño decía groserías hasta por los codos y que su forma de castigarlo (y humillarlo) era poniéndolo al frente del salón evidenciando que el niño no podía hilar las letras. La humillación y la crueldad como práctica pedagógica y la condena y persecución de las palabras más perversas como recurso didáctico.
Ahora sí, ¿bajo qué esquema de correctibilidad y moralidad se ha decidido esto? ¿quiénes deciden quién es "digno" y "merecedor" de "alfabetizarse", y quien no?
El daño que nos ha hecho pensar que al leer y escribir una ya está alfabetizada…
El daño que nos ha hecho pensar que la alfabetización es progreso, o que hay una sola alfabetización hegemónica…
El daño que nos hace la superioridad moral con la que algunos despiertan sintiéndose dignos de decidir quién es merecedor para aprender el alfabeto y quién no, como este niño que escribe puto…
Por ejemplo:
Mi abuela
Nunca aprendió a leer ni escribir
Y ha sido una de las mujeres con el español más bonito que jamás he conocido.
Se acercaba el año 2000, yo que no sabía de fechas, de días o de meses, sí sabía a ciencia cierta que estaba cerca el nuevo milenio porque la abuela decía:
El mundo se nos va acabar en el año dosmil, se nos acabará la luz, tenemos que comprar velas porque al llegar año nuevo la oscuridad nos alcanzará. Pero no te preocupes mijita, poco a poco se anda lejos, el mundo se acaba para quien se va muriendo.
Tenía un cajón en la cocina lleno de veladoras de vidrio que iba acumulando con el tiempo, para cuando se acabara la luz en el mundo. La escuchaba hablando siempre con refranes, y sin saber leer ni escribir, ambas sabíamos cómo se medía el tiempo en el calendario. Veía a la abuela mientras cocinaba en uno de esos fogones improvisados y pensaba ¿cómo es posible que después de diciembre 31 ya no sigan más días?
La abuela murió en diciembre de 1999, su sol ya no tuvo otra vuelta. No conoció el nuevo milenio. Todas las veladoras acumuladas las encendieron en su funeral.
Su casa era mágica y mística, se sentía calientito con solo llegar y el aire parecía estar hecho de miel. Tenía un columpio que colgaba artesanalmente del árbol más alto, en donde también descansaba una lechuza. Pero la abuela siempre sabía qué hacer y sobre todo qué decir, hay personas que son muy elocuentes con sus palabras, y desde niña eso me ha parecido divino, así que mientras nos hacía tortillas, aprendí que contar historias en la cocina es tan necesario como los alimentos, y que una lechuza se irá de tu patio si le gritas -no te queremos aquí, babosa, hija de la chingada, puta-.
Con el tiempo me descubrí usando sus refranes y sus palabras, y entendí que el lenguaje es mi elemento socializador, que se hereda y que nos forma. Venimos de lugares distintos, por ello tenemos expresiones distintas y no por eso son incorrectas. Es el lenguaje nuestra alternativa de huella digital; que si bien, existen instituciones que norman y regulan, la lengua es de quien la habla, y el escribir puto en lugar de las vocales es porque se ha socializado y aprendido desde una necesidad comunicativa.

Como escribió Durkheim “al aprender una lengua, aprendemos todo un sistema de ideas distintas y clasificadas, somos los herederos de todos los trabajos de los que se han derivado aquellas clasificaciones que resumen varios siglos de experiencia”, y no sé ustedes pero a mi me conmueve pensar que la lengua aprendida es memoria de mi abuela y que cada que digo un refrán o que le grito -hija de la chingada- a una lechuza dignifico su recuerdo (que mi -hija de la chingada- hace referencia a una expresión de mi abuela y no al -hijo de la chingada- de Octavio Paz).
Y diría Rosario Castellanos “el recuerdo embellece lo que toca”. O diría lol "qué bien funcionas como recuerdo".
Pensar que existe una forma hegemónica, homogénea y “correcta” para comunicarnos, sería también invalidar la sola idea de que existen otros tiempos, otros espacios, otras necesidades y otras formas de ver y entender el mundo. El lenguaje nos permite entender el cuerpo y el dolor, tender puentes y saber que tu “me duele” puede ser también el mío.

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