Hemos abolido la memoria
- dulcecalderon

- 6 nov 2021
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 15 nov 2021
Paso los días contándome historias, cuando termino de contarme algo inicio otra vez pero más despacito, imaginandolas cuadro por cuadro, con una necesidad de hacer las historias más barrocas, más adornadas y con detalles, para ver si así duran más.
La memoria va trayendo cosas que no se dijeron, pedacitos que se van ajustando a otros pedacitos, y se va uniendo tanta cosa suelta; así hasta llegar a un punto en el que no se puede distinguir si una historia de verdad pasó o si se trata de algo que yo misma he ido agregando con la memoria. Algo así como la impresión que dan las rosas azules, que existen, pero no en la naturaleza.
Pero también hay historias que prefiero no contar, palabras que son mejor tenerlas guardadas en una caja y así intentar olvidarlas porque hay palabras que las lágrimas mojan y se ahogan. Como en Los recuerdos del porvenir con Juan Cariño el loco de Ixtepec que salía cada mañana a las calles a cazar aquellas palabras que eran peligrosas porque existían por ellas mismas, palabras que debían permanecer secretas, pues si la humanidad conocía sobre su existencia, llevados por su maldad las dirían y provocarían dolor. Y cuando una conoce el dolor de cerquita puede decidir entre hacerlo o no hacerlo, una puede decir -esto duele, entonces no lo digo, o esto duele, entonces no lo hago-.
La misión de Juan Cariño era pasearse por las calles y levantar las palabras malignas pronunciadas en el día, pero las palabras perversas y escurridizas se escapaban por la mañana y él debía repetirlo cada amanecer. Una por una las tomaba y las guardaba debajo de su sombrero. Algunas muy traviesas lo obligaban a correr antes de dejarse atrapar. Palabras como ahorcar y torturar.
Entonces las palabras forman y deforman la realidad, de ahí la importancia de nombrar las cosas, al nombrar aparece, dice Rita Segato que no nombrar para que no exista es una estrategia política. Las cuestiones no nombradas son cuestiones que se han gestionado desde lugares donde los ejercicios de poder definen el rumbo de países enteros, son decisiones que se gestionan, se administran y se nombran a conveniencia de unos pocos.
Se forman grandes esquemas lingüísticos en donde cada estrato social tiene su margen de legalismo e ilegalismo tolerado. Y así nos damos cuenta que habitamos el lenguaje, que las palabras son nuestro territorio. El territorio es el lenguaje porque el lenguaje es un espacio que se habita, es lo único transportable. Una se puede ir a vivir a Japón y le seguirá diciendo balde a la cubeta, si nació en Jalisco. Es lo único con lo que viajamos, nuestra alternativa de huella digital.
Pero también la memoria y las palabras nos juegan momentos macabros. Como la búsqueda de la verdad por medio del tormento. Semipruebas, semiverdades, semiculpables. Ejercicios que se hacen en solitario. En Vigilar y Castigar, el aislamiento se plantea como la mayor pena para los condenados. Incluso se llego a aplicar como medio para sustituir la pena de muerte, o para aquellos que merecían un castigo especial. Imagínate eso, tu sola, tu solo, con tus pensamientos, con tu memoria y con tus palabras manipuladas. Se trata de rituales de exclusión, de pedagogía de la tortura y de esquemas disciplinarios que obligan a la memoria a tergiversar los hechos.

De esta forma no es necesario recurrir a los medios de fuerza para obligar al condenado a la buena conducta, sólo mantenerlo sin comunicación, sin discusión, sin diálogo, sin contacto físico y sin nombrar las cosas. La soledad y el silencio como instrumento de poder.
Estas formas de comunicarnos son provisionales.

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