La pólvora del boom
- dulcecalderon

- 30 mar 2021
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 30 mar 2021
Históricamente estamos familiarizadas con el movimiento literario que surgió en la década de los 60s en Latinoamérica, lo conocemos, lo nombramos, lo presumimos tanto, que se ha convertido en parte de nuestro ADN: el boom latinoamericano.
Un grupo de escritores que sobresalen del margen y que se encuentran en un tiempo y espacio histórico particular; y para darle un poco más de dramatismo La Revolución Cubana como bandera de resistencia e identidad del mundo colonizado.
En una entrevista a Julio Cortázar menciona que esa popularidad se debió a la fraternidad creada entre ellos, a leerse entre personas de la generación. Y no dudo de la maravilla literaria que crearon durante esa década, sin embargo, se trata de un boom de machos. Nombres como los de Carlos Fuentes en México, Vargas Llosa en Perú, García Márquez en Colombia, y otros más que figuran en la historia oficial.
El término de ‘partenaires’ se ha usado con naturalidad aunque termina siendo ofensivo, en escritos sobre el movimiento, se usa para referirse a las esposas de estos escritores, a las acompañantes, amigas, compañeras, pero jamás se les nombra escritoras aunque así lo fuesen. Las narrativas nos han mostrado la vulnerabilidad como seres sexuales, roles que responden a los vínculos de afecto, al vivir y ser para los demás, porque no hay que olvidar que el cuidado del otro tiene una carga de género prominente.
Pensemos un poco, la historia de las mujeres ha pasado por un olvido sistemático, en donde la historia se escribe partiendo de un sujeto universal masculino y las mujeres somos apéndices. Se trata de resignificar un campo de conocimiento, no solo de complementarlo como apéndice. De reconocernos como sujetos políticos, con poder y conocimiento.
En Una habitación propia de Virginia Woolf, se plantea el por qué las bibliotecas y librerías están llenas de obras que hablan sobre mujeres pero todas ellas están escritas por hombres, como si el conocimiento y los saberes del mundo les pertenecieran y fuesen los únicos aptos para difundirlo. Históricamente estas narrativas han sido utilizadas, entendidas y transmitidas como normas e instrumentos de regulación y control social.

Hay una serie de obstáculos a los que se enfrenta una mujer escritora. Empezando por el desprestigio en torno a la imagen de esta, el ejemplo más claro: Elena Garro. Una mujer que para la historia oficial es conocida como “la esposa de…”, la mujer que se volvió loca, que tuvo crisis pública, histérica, paranoica, con enfermedades mentales, fumadora, divorciada y más… pero se nos olvida qué la llevó hasta ahí: años y años de hostigamiento político, violencia económica y amenazas de muerte por personas con poder. La publicidad en las mujeres es detestable ¿por qué al hablar de un hombre se prioriza su obra y por qué al hablar de una mujer se prioriza su vida sentimental y emocional?
Durante siglos se pensó que la mujer era un ser elegible, no elector. Que la mujer era un varón mutilado. Que era un ser inferior. Por ello se exalta a la mujer por su belleza, pero que no se nos olvide que la belleza es un ideal que compone y que impone el hombre. A través de este mediador masculino la mujer averigua sobre su cuerpo y sus funciones. Se dice que la mujer que estudia es una mala inversión para el Estado, pero cuando lo hace y trabaja y forma una familia, la tarea del marido es hacer como que no lo nota. Quizá nuestra desdicha más grande es la de no haber experimentado relaciones recíprocas.
La pólvora del boom la hicieron las mujeres; más una pudo escribir una obra maravillosa y ser ignorada, y otro pudo haber escrito la misma obra y fue aplaudida, por pura legitimidad de género. Entre lo literal y lo simbólico, escribir lo que una quiera escribir, es lo único que importa y que eso importe por siglos o por horas, es lo de menos. Escribir para darle forma a la experiencia y ritmo a la temporalidad.

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