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Sobre espacios públicos

  • Foto del escritor: dulcecalderon
    dulcecalderon
  • 28 jul 2021
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 29 jul 2021

Haremos un recuento de los daños, solo para evidenciar como lo que resulta fácil o transparente para algunos, es oscuro y opaco para otros; la cuarentena. Y es que ya parece que la inmovilidad no es una opción realista en un mundo de cambio permanente, más resulta importante evidenciar que esto se debe al desequilibrio de la riqueza.


El sociólogo Bauman escribió que “las unidades con mayor poder son aquellas que constituyen fuentes de incertidumbre para las demás”, quizá esto fue lo que nos hizo sacar nuestros instintos más salvajes; el no saber qué pasará, cuando terminará, como se curará si llegaremos al final de la quincena o si seguiremos conservando el trabajo al final del día, el miedo abraza y no suelta.


Para inicios de julio del 2020, una de las noticias nacionales más alarmantes fue en la que se mencionó que el 71% de los mexicanos muertos por Covid-19, cuentan con escolaridad mínima de primaria o inferior, los mayores porcentajes de muertes durante los cuatro primeros meses se dieron entre choferes, ayudantes, vendedores ambulantes, trabajadores de fábricas y obreros. Es, claramente, una noticia sobre la desigualdad, donde los que se enfermaban y morían era aquella población vulnerable, de escasos recursos, que no podía costearse una cuarentena en casa.


El cierre de los espacios públicos fue radical, vivo a tres cuadras de un refugio para personas sin hogar, que también fue cerrado, allí dormían y les daban desayuno y cena. La comunidad de vecinas y vecinos opta porque la opción ideal para solucionar la situación sea la de desplazarlos, diciendo -mejor en otro lugar que aquí en “nuestras calles”-. No solidarizarse con el otro sino evitarlo, separarse de ellos como estrategia de supervivencia, afirmando que no se trata de un discurso de amor o de odio, sino de mantenerlo a distancia y de esa forma anular el dilema. Cosas de otredad.


Tal vez, a todos nos asignen el papel de consumidores, tal vez todos quieran ser consumidores y disfrutar de las oportunidades que brinda ese estilo de vida, pero no todos pueden ser consumidores. Estamos condenados a elegir durante toda la vida, pero no todos tenemos los medios, ni las opciones, ni los privilegios para hacerlo.


El espacio público y la movilidad mundial se vieron cuestionados en este contexto pandémico, pues podríamos comparar lo que en otros tiempos conocíamos como el “visado” y verlo de manera paralela con el tema de la vacunación. Ambos son elementos que nos hablan desde un país que emite sus propias condiciones, un país privilegiado y que promueve un cierre de fronteras. Sin embargo, las letras pequeñas nos dicen que no es un cierre de fronteras para todo el mundo, sino, un cierre de fronteras para los países que la están pasando peor, lo mismo que con las visas.


Las diferencias de acceso a otros países y de acceso al espacio público pareciera que depende si el habitante es de un país “blanco” o de uno en vías de desarrollo, al primero se le abren las fronteras internacionales, mientras el segundo tendría que pasar por controles migratorios, leyes de residencia y hasta políticas de higiene y “calles limpias”. Los primeros viajarán para vacunarse en el extranjero, los segundos, posiblemente sigan sin vacuna.


Hemos romantizado la idea de movimiento constante y de libertad, sin embargo, existe una antítesis para las personas sin hogar sobre el uso del espacio público que hacen ambos, explica Bauman cómo los turistas se desplazan o permanecen en un lugar según sus deseos. Abandonan un lugar cuando nuevas oportunidades desconocidas los llaman desde otra parte.


Los vagabundos saben que no se quedarán mucho tiempo en un lugar por más que lo deseen, ya que no son bienvenidos en ninguna parte. Los turistas viajan porque quieren, los vagabundos porque no tienen otra elección soportable. Pareciera que el espacio público nos dijera a gritos: luz verde para los turistas, luz roja para los vagabundos, es una evidente polarización del mundo.

Los espacios públicos, ya sean parques, calles, cotos, etc., se someten a dinámicas privatizadoras con la bandera de “proteger a la sociedad”, el doble discurso de esto es que removiendo a las personas sin hogar, la ciudad se vería mejor para el turista. Es un tipo de segregación social bastante marcada e injusta, pues estos espacios se convierten ya sea en parques temáticos o algún otro tipo de atracción que sea “consumible” para el otro.


 
 
 

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